À procura de textos e pretextos, e dos seus contextos.

14/07/2010

Cómo la desigualdad alimentó la crisis

Raghuram Rajan

Antes de la reciente crisis financiera, los políticos estadounidenses de ambos partidos alentaban a Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantescos organismos hipotecarios respaldados por el gobierno, a que dieran préstamos a las personas de bajos ingresos de sus circunscripciones. Detrás de esta nueva pasión por dar vivienda a los pobres había una preocupación más grave: la creciente desigualdad de los ingresos.

Desde los años setenta, el salario de los empleados en el percentil 90 de la distribución de los ingresos en los Estados Unidos –como los gerentes de oficinas—han aumentado a una velocidad mucho mayor que los salarios del trabajador medio (del percentil 50), como los obreros y los asistentes de administración. Varios factores explican esta diferencia.

Tal vez el más importante es que el progreso tecnológico en los Estados Unidos exige que la fuerza de trabajo esté cada vez más capacitada. Un diploma de educación media bastaba para los trabajadores administrativos hace 40 años, mientras que ahora un título universitario apenas es suficiente. Sin embargo, el sistema educativo no ha logrado dar la educación necesaria a una parte suficiente de la fuerza de trabajo. Las razones van desde la calidad mediocre de la nutrición, socialización y aprendizaje en la primera edad hasta escuelas primarias y secundarias disfuncionales que dan lugar a que muchos estadounidenses salgan sin preparación para la universidad.

Las consecuencias en la vida cotidiana de la clase media son un salario estancado y una creciente inestabilidad laboral. Los políticos perciben los problemas de sus electores, pero es difícil mejorar la calidad de la educación, porque hacerlo requiere cambios políticos reales y efectivos en una esfera en la que demasiados intereses creados prefieren mantener el statu quo.

Además, los efectos de cualquier cambio tardarían años en surtir efecto y por lo tanto no aliviarían las preocupaciones actuales del electorado. Así pues, los políticos han buscado otros medios de aplacar a sus votantes. Sabemos desde hace mucho que lo importante no es el ingreso sino el consumo. Un político inteligente o cínico se daría cuenta de que si se pudiera mantener de alguna forma el consumo de los hogares de clase media, si pudieran comprar un automóvil nuevo de vez en cuando e irse de vacaciones a algún lugar exótico, tal vez no prestarían tanta atención a su salario estancado.

Por lo tanto, la respuesta política a la creciente desigualdad –ya sea que se haya planeado cuidadosamente o que haya sido la vía de menor resistencia—fue ampliar los créditos a los hogares, especialmente a los de bajos ingresos. Los beneficios –aumento del consumo y más empleos—fueron inmediatos, mientras que el pago de la inevitable factura se podía posponer. Por cínico que parezca, a lo largo de la historia los gobiernos que no pueden resolver las ansiedades más profundas de la clase media han utilizado el crédito flexible como paliativo.

No obstante, los políticos prefieren expresar los objetivos en términos más alentadores y persuasivos que el burdo aumento del consumo. En los Estados Unidos, la ampliación de la vivienda en propiedad –un elemento clave del sueño americano—a las familias de ingresos bajos y medios fue el eje justificable de los objetivos más amplios de expansión del crédito y el consumo.

¿Por qué no emprendieron los Estados Unidos un camino más directo de redistribución, de impuestos o endeudamiento y gasto para la nerviosa clase media? Grecia, por ejemplo, se metió en problemas por hacer exactamente eso, al dar empleos públicos con salarios excesivos a miles de personas, aun cuando eso provocó que la deuda pública llegara a niveles astronómicos.

No obstante, en los Estados Unidos ha habido recientemente una alineación de fuerzas políticas poderosas contra la redistribución directa. Los créditos hipotecarios dirigidos fueron una política con mayor apoyo porque todas las partes pensaron que se beneficiarían.

La izquierda apoyaba los flujos hacia su electorado natural, mientras que la derecha veía con agrado a los nuevos propietarios, a los que quizá podría convencerse de cambiar de partido. La política de dar más créditos hipotecarios a las familias de bajos ingresos fue uno de los pocos temas en los que estuvieron de acuerdo la administración del presidente Bill Clinton, con su mandato de viviendas asequibles, y la del presidente George W. Bush, con su fomento de una sociedad de la "propiedad".

Sin embargo, al final, este esfuerzo equivocado de aumentar las viviendas en propiedad mediante el crédito ha dejado a los Estados Unidos con viviendas que nadie puede pagar y con familias excesivamente endeudadas. Irónicamente, desde 2004 la tasa de propiedad de viviendas ha estado disminuyendo.

El problema, como sucede a menudo con las políticas públicas, no fueron los propósitos. Rara vez lo son. No obstante, cuando una gran cantidad de dinero fácil liberado por un gobierno con muchos recursos entra en contacto con las motivaciones de lucro de un sector financiero sofisticado, competitivo y amoral, las cosas rebasan por mucho las intenciones del gobierno.

Por supuesto, esta no es la primera vez en la historia que se utiliza la expansión del crédito para aplacar las preocupaciones de un grupo que se está quedando atrás, ni será la última. De hecho, ni siquiera es necesario mirar hacia afuera de los Estados Unidos para encontrar ejemplos. La desregulación y la rápida expansión del sector bancario estadounidense en los primeros años del siglo XX fueron en gran medida una respuesta al movimiento Populista, apoyado por pequeños y medianos agricultores que veían que se rezagaban frente al número creciente de obreros y que exigían créditos más flexibles. El excesivo endeudamiento rural fue una de las causas importantes de las quiebras de los bancos durante la Gran Depresión.

Esto tiene una implicación más amplia, que es que debemos buscar más allá de los banqueros codiciosos y los reguladores débiles (y hubo muchos de ambos) para encontrar las causas de esta crisis. Los problemas no se solucionan con una ley de regulación financiera que le dé más poder a esos reguladores. Los Estados Unidos necesitan atacar las raíces de la desigualdad y dar a más estadounidenses la capacidad de competir en el mercado global. Esto es mucho más difícil que repartir créditos, pero es más efectivo a la larga.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109535

Sem comentários:

Related Posts with Thumbnails